EL ANTRO DEL DRAGON : Encuentro entre Lao y Confuncio

u=42328501,1522765631&fm=21&gp=0El maestro Kong saludó a la multitud de sus discípulos, que habían acudido para asistir a su partida, y su carro partió veloz en medio de una nube de polvo. Al llegar a la capital del reino de Zhou, el cochero detuvo el carruaje ante la biblioteca real. El maestro Kong bajó de su cuadriga, se limpió el polvo de su vestido de seda púrpura, reajustó su birrete de letrado y subió los escalones del edificio. Había venido a pedir audiencia al conservador de los archivos, cuyo nombre era Lao Tan. Aunque dicho anciano era tan discreto como un tigre de caza entre hierbas altas, se rumoreaba que poseía la más alta comprensión del Tao y que era el maestro secreto de algunos altos dignatarios. El Maestro Kong, el príncipe de los eruditos, quería salir de dudas. Estaba impaciente por medir su ciencia con la de él.

El ilustre filósofo atravesó un laberinto de estanterías y fue introducido en el antro del bibliotecario. Era un apartamento modesto donde, contra toda pre-visión, no había ni un solo libro, ni el más mínimo rollo. La pieza principal estaba asombrosamente vacía, amueblada únicamente con dos esteras y una mesa baja. Allí estaba el viejo archivero, sentado sobre su alfombra de paja trenzada. Aún estaba secándose los cabellos que, evidentemente, acababa de lavarse. Dejó la toalla y levantó la cabeza hacia su visitante. Sus largos cabellos blancos estaban totalmente despeinados, aureolando su cráneo cano y calvo. Su mirada, extraviada, parecía sumergida en un abismo sin fondo. Su rostro era tan inexpresivo como un viejo tocón. Al maestro Kong, el buen orador, le abandonó su elocuencia. Tosió débil y repetidamente y empezó a balbucear:

-Perdóname, Maestro, he llegado un poco pronto. Sin duda te molesto… Quizá no hayas terminado de arreglarte… ¿Estás cansado?

-¡En absoluto! Pasa -dijo riéndose el anciano, con una sonrisa que dejó al des-cubierto dos hileras de dientes agujereados- ¡Siéntate! No te sorprenda mi silencio. Simplemente vengo a remojarme en la Fuente ancestral… Pero dime, ¿a qué debo el honor de tu visita? He oído decir que eres un sabio célebre en los principados del Norte. Los discípulos afluyen a tu escuela para ser admitidos. ¿Qué podría enseñarte un viejo archivero como yo? ¿Estás buscando un libro raro?

-Hay quienes afirman que posees un profundo conocimiento del Tao. Dado que me considero un eterno estudiante, vengo a preguntarte al respecto.

-Bueno, ¿sabes?, a mi edad, mi cabeza está vacía y mi boca tan atónita que no siempre encuentro las palabras para contestar. Pero antes de nada dime: ¿cómo has buscado tú el Tao?

-He estudiado detenidamente a los Seis clásicos. Conozco a la perfección el libro de las Odas, los de la Historia, los Ritos, la Música, las Mutaciones, y el de la Primavera y el Otoño. Los he compilado, explicado y argumentado. He extraído de ellos principios para iluminar a los demás. Esos preceptos son tan útiles para gobernarse a sí mismo como para dirigir un Estado.

El viejo Lao sacudió la cabeza, chasqueó la lengua. Sus ojos brillaron como brasas y profirió estas palabras:

-¡Qué suficiente eres, qué arrogantes son tus palabras! ¿Acaso todo ese celo no es dañino? Y dime, ¿los príncipes te han escuchado?

Al oír esta pregunta, el maestro de la moral y de los ritos olvidó todo decoro. Se quitó su birrete de letrado, se enjugó la frente con sus largas mangas, suspiró ruidosamente y contestó:

-Es cierto que a los gobernantes les resulta difícil practicar mis consejos. Yo mismo he sufrido dolorosos fracasos al querer aplicarlos en algunas funciones oficiales que he tenido el honor de de-sempeñar…

El anciano se golpeó los muslos y se echó a reír:

-¡Por supuesto! No puede ser de otra manera. Las osamentas de quienes escribieron todos esos libros seculares quedaron ya reducidas a polvo. La huella dejada en el camino no es la sandalia como tal. Las palabras son cáscaras vacías para quien no comparte el soplo que las forjó. Quien se entrega al estudio crece día a día. Quien se consagra al Tao mengua día a día hasta alcanzar el Vacío primordial. ¡Y con el No-obrar nada hay que se pueda alcanzar! Lo mismo que el agua de un manantial brota espontáneamente, la virtud del hombre perfecto es natural y no requiere perfeccionamiento alguno. ¡Abandona todo ese fárrago de reglas morales que perturban la mente y vuelve a tu naturaleza original!

El Maestro Kong, el virtuoso de la retórica, se quedó boquiabierto, el rostro carmesí. Se inclinó maquinalmente y abandonó la sala sin decir palabra.

Cuando su carro se detuvo en el patio de su residencia, sus discípulos acudieron como un enjambre de abejas ávidas de beber el néctar de sus palabras.

-¡Dinos, Maestro, cómo te ha ido en tu entrevista con ese tal Lao Tan!

El filósofo frunció el ceño y, con aspecto enfurruñado, contestó:

-A un pájaro en vuelo se le puede alcanzar con una flecha. A un pez que nada en las aguas profundas se le puede atrapar en una red. Pero al dragón que se alza por los aires ¿quién puede detenerlo? ¡Y ese Lao Tan es uno de ellos!

El maestro Kong estuvo tres días sin hablar ni comer. Pasó tres meses encerrado en su casa sin recibir a nadie en absoluto. Cuando finalmente salió de sus aposentos, fue para regresar directamente a la biblioteca real de Zhou con el propósito de enfrentarse allí de nuevo con el viejo dragón.

Apenas cruzado el umbral del apartamento del bibliotecario, el filósofo se inclinó hasta rozar el suelo y declaró: -Los cuervos y las urracas incuban sus huevos, los peces lanzan su freza, el nacimiento del hermano menor hace llorar al primogénito, la oruga se metamorfosea en mariposa. Hace mucho tiempo que ya no participo de estos cambios que son la ley del mundo. ¿Cómo podría entonces pretender transformar a los demás?

El viejo archivero sonrió y murmuró: -Está bien, has encontrado la entrada del Sendero.

Tal fue la estocada maestra que dio Lao Tan, más conocido por el nombre de Lao Tse, el «Anciano», el patriarca de los taoístas. Logró la proeza de sacar de la miseria de lo mental al maestro Kong, el incorregible moralista, para hacerle aspirar el aroma sutil del Tao. Un maestro Kong que más tarde pasó a la posteridad con el nombre universalmente conocido de Confucio.

Tras dicha hazaña, con una satisfacción sin duda mezclada con lasitud debido al inmenso trabajo espiritual que había realizado, Lao Tse abandonó su cargo de bibliotecario. Sin decir nada a nadie, sin dejar el menor escrito, se marchó con los primeros rayos del alba, encaramado a un búfalo de pelaje azulado.

El inalcanzable patriarca caminó hacia poniente sobre pistas polvorientas hasta alcanzar los confines del Imperio del Medio, dejando que el viento y la lluvia borraran sus huellas. Y gracias a la sagacidad de un aduanero, que guardaba el paso del oeste, contamos con uno de los textos más bellos de la humanidad. El guardián de la frontera reconoció, en efecto, al personaje con quien se había cruzado en otros tiempos mientras consultaba los archivos de Zhou. Puesto que conocía su reputación, captó que su intención era abandonar para siempre el imperio sin dejar ninguna huella escrita de sus sublimes palabras. Así pues, insistió para que pasara la noche en el puesto fronterizo, con el pretexto de que amenazaba tormenta.

Y el funcionario de aduanas hizo hablar al patriarca en el curso de la velada, que él alargó hasta la aurora con vasos rebosantes de aguardiente añejo de contrabando. Y lo hizo sin escrúpulo alguno, pues conocía este antiguo adagio: El sabio es como un espejo, no puede cansarse de reflejar la Verdad.

Lao Tse fue elocuente más allá de toda medida, y el oscuro empleado de la concesión anotó su verbo de fuego con la aplicación de un burócrata puntilloso.

¡Tal fue el inestimable peaje que el aduanero perspicaz sustrajo al Viejo Dragón! Así fue redactado el imperecedero Tao Te Jing, que concluye con estas palabras:

Las palabras verdaderas no son seductoras.

Los bellos discursos no son verídicos.

El sabio no argumenta.

El elocuente es un charlatán.

La inteligencia no es la erudición.

La sabiduría no es el conocimiento.

El sabio se guarda de acumular.

Dedicándose al prójimo, se enriquece.

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